Relato del Milagro Obrado por la Virgen de San Juan llamado: “La Niña Arrastrada Por El Rio Atotonilco”

Según consta en el Archivo Histórico Catedral Basílica de San Juan de los Lagos*.

“El mismo Francisco declaró que, hace quince años, poco más o menos, yendo, desde su Hacienda, a la Villa de León y llevando consigo, para su servicio una esclava llamada Juana, la cual cabalgaba aparte sobre una bestia y, al mismo tiempo, llevaba en los brazos una hija de pecho y otra de, poco más o menos, de cuatro años, llamada Salvadora, sucedió que, al pasar el río, que llaman de Atotonilco, de la jurisdicción de Teocaltiche, el río iba crecido. Y tan fuerte corría el agua que, al entrar al agua la bestia, la derribó en la misma orilla, haciendo caer a las tres. La bestia fue la primera en salir por un lado, y por otro, la madre con la hijita de pecho que nunca soltó. Pero, la otra hija pequeña había desaparecido en el agua. Su instinto de Madre quería arrojarla al agua para salvar a su hija Salvadora.

Pero, yo –este declarante-, la detuve, mientras le decía: “No te aflijas que la Virgen de San Juan te la ha de sacar libre.” Mientras esto le decía, al volver mis ojos hacia el agua, buscando la niña, la vi emerger del agua como a un tiro de piedra. La madre, al verla, echaba de gritos e invocaba a la Virgen Santísima de San Juan, desesperada.

Al oír tanto alboroto, vino un indio, sirviente de Francisco Ramírez que vivía ahí cerca del río. Y fue siguiendo por la orilla del río a la niña presa de la corriente. Y la Madre, el indio y este declarante la seguimos por la orilla más de media legua, río abajo. Y la niña emergía y volvía a sumergirse en las aguas. Llegando la corriente a un remanso que hacía frente a la casa de Diego Carrillo, se atrevió el indio a clavarse en el agua, cuando iba a seguir de nuevo su curso la niña arrastrada por la corriente. Y logró cogerla el indio y la sacó, nadando hacia afuera del agua. De inmediato la llevaron a la casa de Diego.

Yo les decía que había que colgarla de los pies para que echase toda el agua que había bebido. A lo que la niña dijo que no había bebido agua, porque, cada vez que se sumergía se había tapado con las manos la boca y las narices. La abrigó la esposa de Diego; le dio a beber un poco de atole. Y no fue necesario darle ningún otro remedio.

Todos los circunstantes tuvieron a milagroso lo sucedido, y más cuando habían sido testigos de la vehemencia con que se lo pedía la Madre afligida a la Virgen Santísima de San Juan.

Como todos los declarantes, terminó diciendo que hay muchos milagros que contar, recibidos unos y escuchados otros; que son innumerables. Él se le limitó a declarar los que vio y le parecieron sorprendentes.”

Por: Dr. José Everardo López Padilla, Colaborador del Archivo Histórico Catedral Basílica de San Juan de los Lagos.

*IMVSJ AGN f. 60-62

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