¿QUÉ ESPERAR HOY DE LOS SACERDOTES?

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Homilía que leyó el Pbro. Pascual Avelar Márquez en el templo parroquial de San Felipe de Jesús con motivo de la celebración del 25 aniversario de su ordenación, el cinco de mayo de 2016.

Es un mensaje gratificante que debe llegar al fondo del alma de sacerdotes y laicos, a la vez es un llamado a la comprensión de la difícil tarea del sacerdote, del ser humano que sufre y siente en la soledad de su apostolado, pero que sobre todo: ama intensamente su vocación.

¿Qué Esperar Hoy De Los Sacerdotes?

¡Lo mismo que esperó Jesús de Pedro y Andrés, de Santiago y Juan!

El llamado de Jesús fue de lo más arbitrario, hablando humanamente. Los llamó solo porque sí, con un amor de predilección que ellos mismos quizá nunca comprendieron. También hoy los llamados por Cristo al sacerdocio ministerial no entendemos, hablo por mí y creo también por todos los sacerdotes. Por qué se fijó en cada uno de nosotros y nos eligió para una misión que rebasa toda talla humana. El sacerdote, según la carta a los hebreos, es uno tomado de entre los hombres e instituido en favor de los hombres, para las cosas que miran a Dios, para ofrecer sacrificios y ofrendas por los pecados. Y añade con profundo realismo: Puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza.

San Juan Pablo II define la vocación sacerdotal como un don y misterio. Don, infinito, inmerecido, inexplicable, misterio de elección amorosa y respuesta temerosa, de fragilidad del hombre y fidelidad de Dios. La cruz y la gloria del sacerdote derivan de este misterio, de este encuentro de lo humano con lo divino en la propia esencia. Como todo ser humano, también el sacerdote lleva dos hombres dentro, el hombre viejo, herido por el pecado original e inclinado al mal, y el hombre nuevo, redimido por la gracia y en su caso, revestido de poderes sobrenaturales por el Sacramento. El uno es instigado por satanás, que nunca deja en paz a un sacerdote y el otro es inspirado y sostenido por el Espíritu Santo, dulce huésped y consuelo del alma sacerdotal. La cruz del sacerdote, en parte le viene de fuera y en parte de dentro. Sus miserias y fragilidades lo limitan, lo restringen, lo hacen caer. El mundo y la sociedad también lo hacen sufrir, lo tientan, lo critican, lo desprecian. Algunas veces lo persiguen y lo echan fuera. Mientras el demonio acecha de continuo su alma con la tentación más venenosa, la del desaliento. Pero Dios es fiel, le tiende la mano, lo levanta, le reitera su llamado, le repite una y otra vez las palabras del salmista: “Yahvé lo ha jurado y no se arrepiente, tú eres sacerdote para siempre”. Y también, con la ternura de un Padre para con sus hijos, así de tierno es Yahvé para quienes le temen, Él sabe de qué estamos plasmados, se acuerda de que somos polvo.

Cuando Jesús llamó a Pedro, Andrés, Santiago y Juan sabía bien de qué estaban hechos. Los evangelios, que por eso mismo resultan más auténticos, no ocultan sus defectos, sus mezquindades, sus debilidades, sus aspiraciones mundanas, sus miedos, sus faltas de fe y su abandono de Cristo en la hora decisiva de la cruz. También hoy Jesús sabe de qué están hechos los hombres que Él llama al sacerdocio. Sabe de antemano que tendrán flaquezas, cansancios, caídas. Jesús advirtió a Pedro, como hoy a todo sacerdote:

“Mira que satanás ha solicitado el poder de cribarlos como trigo, pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca”. No le dijo, para que no caigas. Pedro de hecho cayó, lo traicionó. Pero su fe no desfalleció, se arrepintió. Jesús le perdonó y le confirmó su llamado: “apacienta a mis ovejas”.

¿Qué esperar hoy de los sacerdotes?  Desde luego santidad, fidelidad y generosidad en el desempeño de su ministerio. El mundo necesita sacerdotes santos. Lo que no cabe esperar, es una santidad sin defectos, ni una fidelidad sin tropiezos, ni una generosidad sin cansancios. Dios escogió hombres, no ángeles. Unos más santos y otros menos, pero todos necesitados de la oración, el apoyo, la comprensión y no pocas veces el perdón de Dios y de las almas.

Pbro. Pascual Avelar Márquez

5 de Mayo de 2016

Parroquia de San Felipe de Jesús.

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