¡No Despierten mi Conciencia!

Hace unos días una persona comentaba, en un programa de televisión, sobre la nueva conducta humana y la comparaba con la recta conciencia de los grupos humanos de antaño, la ajustaba a “los nuevos tiempos”, como si la conducta ética y moral fuera relativa y pudiera cambiar como una moda.

Sin embargo, en nuestra ciudad se puede apreciar como una realidad ese cambio radical en la conducta de las personas y también se observa una manera diferente de aquilatar y juzgar lo que es bueno y lo que es malo.

Esta afirmación ha quedado ejemplificada en la “sabiduría popular” que neciamente ha repudiado a ciertos presidentes municipales porque no robaron, por lo tontos que fueron ¡ya que teniendo la oportunidad, no se enriquecieron!

Entonces los “buenos” los que “si la supieron hacer” fueron los que robaron y no dejaron huella de sus tropelías.

Si en verdad las cosas van a seguir así, si los modelos a seguir son los bandoleros, si los héroes son los listos timadores, entonces no quedará más remedio a la gente razonable que expresar lo mismo que el poeta desesperado, cuando dijo: “cuanto más conozco a la humanidad, menos espero de ella”.

Si en verdad se espera menos de esta gente, es decir, de la “clase política”, entonces se puede ser más indulgente con los demás, es decir, con el sufrido pueblo, al fin que son producto de “los nuevos tiempos” y se pueden medir con una vara menos rigurosa, como era con la que se medía en otros tiempos.

Entonces es necesario empezar a despertar la conciencia de la gente buena, a enfrentarlos con la realidad trascendente y con la recta verdad que los hará responsables.

Hay un cuento que ejemplifica lo anterior: se cuenta de un misionero que llegó a tierras de gente que jamás se preocupaba ni conocía asuntos de moral y religión.

En cierta ocasión y ya pasados algunos años, un aborigen le preguntó: “padre, si yo no supiera nada de Dios ni del pecado, ni de la moral y mis actos fueran contrarios a ello ¿me iría al infierno?”

El misionero lo pensó un poco y le contestó: “no hijo, si lo ignoraras, no, naturalmente”.

Entonces, le reclamó el aborigen en tono airado, ¿para qué me ha hablado y enseñado eso?

Por desgracia este es nada más un cuento y nadie puede evadir su responsabilidad, la ignorancia solo engendra irremediable perdición, cerrar los ojos a los problemas sociales, éticos y morales encierra una condena terrible y tal parece, que hay muchos que estúpidamente pretenden ignorarlo todo para acallar su conciencia.

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