“Leyendera Urbana Sanjuanense”

Por El Abdo. Antonio Aaron Contreras Gallardo

Cuando estaba triste, o sentía que ya no podía más, solía dirigirme a mi lugar secreto.

Mi Abuelita Nacha de aprox 1960, enviada por: Mayela Jimenez Marquez

Me bastaba tumbarme sobre mi cama y cerrar los ojos. Allí, con ellos, levemente cerrados, imaginaba un mundo exclusivamente a mi medida y de pronto, el ruido del tráfico se me antojaba lejano, las voces de la calle cada vez más distantes, llegaban a ser inaudibles y los problemas dejaban de ser eso, problemas.

El tiempo se desvanecía. En aquel lugar, no había relojes, ni atascos, ni teléfonos, ni prisas, sólo estaba yo y la canción acompasada y fuerte que emitía mi corazón.

Me dejaba guiar entonces, por ese sonido regular, sumamente agradable que sólo se da cuando se alcanza ese grado de relajación intensa.

Pensaba que yo era como un frágil barco de papel, desplazándose por la suave corriente de un río. El río de mi vida, que a veces resultaba suave, desapacible otras… No sé que pasó aquel día… Creo que tras estar relajado, dormí durante mucho tiempo, tan profundamente que no recuerdo nada de lo que hubiera soñado mereciese o no mereciese la pena.

Sin embargo, si recuerdo que tras esa fase pesada, vino otra, mucho más lúcida. El Sol brillaba alto en el cielo. Quise abrir los ojos pero temí que su luz me deslumbrara.  Luego, volví a intentar abrirlos poco a poco al principio, para intentar acostumbrarme a la claridad. Estaba tumbado sobre un campo de hierba alta lleno de árboles. No sabía como había llegado allí, ni cual era aquel lugar. Pero lo cierto es que allí me encontraba y en aquel lugar no había espacio para el pasado ni las preocupaciones del futuro, sólo importaba el ahora.

Podía sentir en los dedos el tacto de la hierba húmeda por el rocío mientras aspiraba la fragancia intensa de la lavanda disfrutando de la frescura que los árboles proporcionaban. Podía deleitar mi vista con la infinita malva de aquel campo lleno de árboles. Creo que hubiese deseado permanecer allí durante toda mi vida.

Pero de pronto, el calor del sol se hizo más intenso y el lecho de hierba húmeda comenzó a resultar algo incómodo para mí así que me levanté. Volteé hacía donde el río había gritado momentos antes a borbotones y me di cuenta de que ya no existía. Busqué los carrizales que corrían buscando ganar la carrera a las jaras y vi que no había ya nada más.

Caminé sobre un largo, empedrado y asfaltado camino. Observé como los vehículos caminaban a gran velocidad; me di cuenta, de que aquellos cuentos que mi madre me contó, sobre la existencia de un río y sobre un bello paraje lleno de sauces llorones, álamos, eucaliptos, jaras de la India y carrizos con los que se podía jugar a las espadas, a la casita, hacer música y hasta monos, no eran más que una leyenda de alguna época que por ahora el que camine por el río San Juan sabrá que ha pasado.

Si la niña que me lo contó, hubiera ido a la Reunión de Trabajo para el Ordenamiento Ecológico Territorial en San Juan de los Lagos se habría quedado sorprendida de ver que los compromisos por la conservación de la flora y fauna de nuestra Ciudad son mas apreciados y aceptados por los que no son de su pueblo.

Y aprovecho para invitarlos, a todos los sanjuanenses, a plantar un árbol y conservarlo, pues aunque creas que no te ha afectado, el calor que sientes en tu pueblo, no es producto de la casualidad, eso… por no citar tantas cosas más.

Publicado en la edición impresa de Ágora, el periódico de San Juan en abril de 2008.

One comment on ““Leyendera Urbana Sanjuanense”
  1. M Domingo dice:

    buen consejo, bien dicho

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