Intrínsecamente Malo

Intrínsecamente Malo

EDITORIAL

Agora –  25 Septiembre 2015

Intrínsecamente Malo

Hace unos días se comentaba en una reunión que ciertas acciones que antes eran considerados malas, ahora se justificaban y hasta se aceptaban, algunos trataron de defender esto como una señal de los nuevos tiempos y de alguna manera se desató la polémica cuando uno de ellos trató de explicar “lo que antes era malo y ahora ya no lo es tanto”.

Lo cierto es que en nuestra sociedad se está arraigando una tendencia nociva y destructiva, se ha relativizado el concepto de lo que es bueno y de lo que es malo.

No se puede negar en absoluto el influjo que sobre la moralidad tienen las circunstancias y, sobre todo, las intenciones. En la carta encíclica Veritatis Splendor, se puede leer al respecto que “existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto”. Son aquellos actos que, en la tradición moral de la Iglesia, han sido denominados “intrínsecamente malos”.

El Concilio Vaticano II, en el marco del respeto debido a la persona humana, ofrece una amplia ejemplificación de tales actos: “Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas esas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes los practican que a quienes padecen la injusticia, y son totalmente contrarios al honor debido al Creador”.

Debe quedar claro que las circunstancias o las intenciones nunca podrán transformar un acto intrínsecamente deshonesto por su objeto, en un acto subjetivamente honesto o justificable a criterio de cada persona.

Su Santidad Pablo VI enseñó sobre este tema lo siguiente. “En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande. ¡No es lícito, ni aún por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien!”

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