EL MUNDO DE AYER

EL MUNDO DE AYER

EL MUNDO DE AYER
Agora – 18 septiembre 2015
Por el Prof. J. Rosario Palos de Anda

Les he comentado en algunos artículos anteriores publicados en “Ágora”, que su servidor llegó a este mundo un día 7 de octubre del año 1928 (mil novecientos veinte ocho) y que cuando entré al uso de la razón, pude enterarme de que cuando nací San Juan de los Lagos estaba, como otros pueblos de la Región de los Altos, en plena Revolución Cristera, y que en esas circunstancias los templos estaban cerrados, y que los Sacerdotes eran perseguidos por los soldados del Gobierno Federal que luchaban en contra los rebeldes Cris-teros, aquellos que se habían levantado en armas para defender los derechos Religiosos que tenía el pueblo católico de México. Claro que cuando el ser humano todavía no es nada más que eso, cuando todavía está desprovisto de los conocimientos más elementales para incorporarse al mundo de los demás, llora y patalea para expresarse, y a través de tan rudimentarias manifestaciones hace los primeros ensayos de experiencia puramente vegetativa con las que inicia las primeras gestiones de formación. Esto lo aprendí primero cuando nacieron mis primeros sobrinos, hijos de mi hermana Justina Palos y de Vicente Solórzano de Anda su esposo, pero cuando lo entendí y comprendí experimentalmente, fue cuando conocí y tuve en mis brazos a mi primer hijo, Roberto Palos de Alba, y al que mi esposa Delia de Alba, dio a luz el 7 de Junio del año de 1952. También aprendí, pude ver y observar el injusto juego de las “proyecciones” que los adultos realizamos sobre los bebes. Estos quedan sometidos a la función de “pantallas receptoras” para muchísimas ocurrencias de los adultos, que sin ellos serían prácticamente imposibles de realizar. Nadie es capaz de recordar lo que pudieron decirle sus familiares durante los primeros años. Lo que si recuerdo fue que cuando daba mis primeros pasos en solitario y ya podía medio expresarme, frente a la casa donde nací y viví los primero años, local que estaba (y está todavía) en la esquina de las calles Zaragoza y Nicolás Bravo, en ese entonces estaba la sastrería del Señor Don Sixto Hernández (papá de Tomas Hernández) que era compadre de mi papá, pues había sido padrino de mi hermano Agustín. Recuerdo de una broma que me hizo Don Tomás cuando me enseñó a gritar afuera de mi casa y frente a mi papá Agustín Palos Centeno, el grito decía más o menos esto: ¡”Mueran los malditos negros de Agustín Palos”! Al escuchar esto, recuerdo que mi padre, como era lógico, se molestó e inmediatamente cruzó la calle, y entrando al local de Tomas Hernández le dijo: ¡”Tenías que ser tu compadre, hijo de la  el que le dijiste a mi hijo que me gritara”! y Tomas le contesto: ¡No compadre, no era para ti, ¿cómo iba a decirle eso a Chayito? Pasaron algunos años y nos cambiamos a vivir al Parían Viejo, donde permanecí hasta el año 1951 cuando me case con Delia de Alba; en ese lugar conocí a mis primeros amiguitos, que eran hijos de un famoso policía, de Juan Ríos, y con ellos pase gratos años de mi infancia, con los juegos y travesuras propias de la edad, fueron años felices, y como decía el difunto chofer de sitio “El Malala”: pobre, pero contento. Aquí le paro a este pequeño episodio de mi vida en la que gracias a Dios ha habido de todo, tal como le puede acontecer a todo ser humano.

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