El Mundo de Ayer

En uno de mis artículos anteriores del semanario “Ágora” les comentaba un poco, solo un poco, de lo que fue mi niñez, en la que se me presentaron vivencias de todo género, claro que las experiencias que más dejaron huella en mi conciencia fue la perdida temprana de mi hermano Agustín, que era dos años mayor que yo,  pues él nació el 28 de agosto de 1926 y yo nací el 7 de octubre de 1928, dos años después perdí a mi padre, a quien se le podía considerar como anciano o gente de la tercera edad de esa época.

SAN JUAN ANTIGUO 034

Fue mi madre la que supo enseñarme el interés de formar mí inteligencia y mí comportamiento que me darían la capacidad para aprender, cambiar y modificar mí conducta, y adaptarme a situaciones nuevas.

Mi vida de niño y de adolescente transcurrió en la finca conocida como el Parían Viejo frente al Santuario, y en las calles Zaragoza y Rita Pérez, estando de por medio el Parían formado por los corredores y portales de las calles Rita Pérez y calle Zaragoza. En esta gran finca de dos pisos, que estaba construida con departamentos o piezas, tanto en su piso inferior como en el segundo piso, al cual, como es lógico, se subía por una escalinata con su descanso, y al final, con una puerta de madera a manera de cancel y que se abría para entrar al segundo piso.

En dicha finca vivían varias familias, las cuales estaban integradas por niños y niñas de diferentes edades, por eso puedo afirmar con seguridad que el contacto de los juegos y demás aventuras de la infancia se me presentaron objetivamente con los niños del parían, y que al principio parecían desprovistos de sentido, hoy de pronto se coordinan y aparecen claramente dirigidos.

Puedo afirmar, por propia experiencia, que la vida me otorgó, como a todo ser humano, las estimaciones más tempranas de conducta inteligente, por estar basadas en la actividad sensorial-motriz, que se distinguen muy bien definidas en la capacidad de mirar, oír, emitir sonidos, cambiar de postura, sentarse, ponerse de pie u andar.

Hoy sé que a medida que crece el niño, el desarrollo de la actividad sensorial y de las respuestas motoras se hace más ostensible, hasta adquirir su plena formación cuando las respuestas más sencillas se combinen, tornándose más complicada.

Esto lo comento porque recuerdo que en el Parían, pero no solo en el Parían sino, por ejemplo, en la calle o en la plaza de armas, cuando podía salir a jugar con otros niños, me podía dar cuenta de que alguno de ellos se ponía mejor ropa que la mía, que se ponían buen calzado y podían jugar y distraerse con sus patines o con otros objetos que para mí guardaban distancia, pues mi situación económica no me permitía usar esa ropa, ponerme calzado en mis pies y tener juguetes como patines, o carritos, o bicicletas, o comprar golosinas apetitosas, cosas vedadas para mí, pero me consolaba si me invitaban a jugar a los encantados o a la chucha, y también cuando los podía empujar en sus patines o carritos, y todos los demás juegos que nos ocupaban más que lo que portaban nuestros cuerpos de niño.

Recuerdo que en la plaza principal y en la parte de la calle Rita Pérez que daba al Parían Nuevo, ahora Hotel Posada Arcos, vendían cacahuates tostados, marías gordas, pinole y arroz con leche, y en contadas ocasiones mi madre me daba cinco centavos con los que podía comprarme un palito de cacahuates, o una maría gorda, o un arroz con leche, pero esas oportunidades se presentaban muy retiradas; pero eso sí, en la cocina nunca faltó un plato de frijoles, unas tortillas hechas a mano y un sabroso jarro de atole o de hojas de naranjo, y con la pancita llena nos sentíamos felices, y nunca sentí envidia porque algunos niños se ponían mejor ropa o zapatos, y porque podían comprar todos los días golosinas en la plaza o en el mercado.

Por eso puedo afirmar que la conducta inteligente se manifiesta en la aptitud para resolver problemas desconocidos, siempre que se presente la habilidad para adoptar actitudes congruentes ante situaciones nuevas, en la posibilidad de sacar provecho de experiencias anteriores.

 

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