DOS O TRES AÑOS

Por: Raúl Rosete Ramírez

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Caminó con su cuerpo encorvado, como agazapada, con el miedo en la espalda. La expresión en su rostro encogido confirmaba su silencioso lenguaje de todo su cuerpo, el miedo insoportable convertido en un hábito de vida. Miedo a morir, miedo a continuar viviendo con un dolor a cuestas pero miedo al fin. Llegó arrastrando sus píes para ser escuchada. Su interlocutor que la esperaba de píe hasta el último movimiento para sentarse en una silla de consulta y hablar con un desconocido de sentimientos que le asfixiaban desde hace más de cuarenta años, ocultas en el silencio, en la intimidad de sus sollozos, en la inagotable agonía de seguir viviendo al costo de un dolor interminable.

Inés a sus setenta y tres años buscaba una solución a su adicción al tabaco. Su espalda adolorida a consecuencia de unos pulmones ennegrecidos le conminaba a caminar con la espalda encorvada. Parecía que el dolor se había convertido en parte de su personalidad. Las arrugas en el rostro como la corteza de un árbol labrado a través del tiempo, pletórico de enseñanzas de vida muestran al mundo los venerables años de llegar con dignidad al ocaso de su vida.

Aún no han pasado diez minutos de una entrevista, diálogo, confesión, desahogo, con aquel desconocido y la mirada de Inés no se despega del piso. El sujeto que la escucha no sale del asombro. Son dos mundos en colisión: el de Inés en busca de esperanza y salud; el del otro, aprender que la vida es para vivirla, a pesar de las situaciones, por difíciles que parezcan y mantener la calma. En los silencios cada uno en su propio mundo parecen tan separados, sin embargo, en la intimidad de sus secretos cada uno quiere llevarse un pedazo del otro.

El otro, que durante muchos años ha desarrollado una pequeña habilidad de escuchar, se siente conmovido. Las imágenes le arrebatan los recuerdos y con ellas los suspiros, los sentimientos agolpados en una frase para aquella anciana que le muestra con sencillez la cátedra de actitud para seguir viviendo. El valor ante los deseos de vivir le han penetrado violentamente a los sentimientos más básicos, al recuerdo de su madre cuando cansada de vivir se dejó morir.

Los delirios racionalistas del escuchador se resisten a derrumbarse por completo e insisten sin éxito en mantenerse con firmeza. Su voz, apenas audible para Inés, lo mira con respeto porque él es el que sabe, a quien se le pide consejo, el que orienta, el que soluciona los problemas. Ahora solo le queda irremediablemente la admiración, la enseñanza de la humildad, la sensible enseñanza de que a los setenta de edad se puede cambiar la vida. Ahora se encuentra enredado, sin respuestas, remitido inevitablemente a recibir una enseñanza, de quien debería enseñar.

Mientras Inés, le habla con la honestidad de una santa, sin retirar sus ojos de los suyos. Le recuerda como una súplica, “quiero quitarme este vicio del tabaco”. El otro, con la garganta hinchada, sin una posible respuesta que dignifique la sencilla y demoledora presencia de una mujer que llegó a enseñarle a vivir con esperanza, se encuentra debatiéndose en la cordura. No sabe que decir.

Solo quedan unos minutos para concluir una sesión que en este caso no ha sido espectacular ni efectiva. En el arrebato de recordar de honrar a sus maestros recuerda como último recurso una estrategia de terapia. Sin darse cuenta, al concluir su tiempo, no el de la anciana, ella no tiene prisa, sabe vivir con calma, a aceptar las cosas como son, a vivir con dolor. En ese arrebato, en el intento de justificar que sabe, que se puede seguir confiando, no en él sino en una figura del escuchador. En la disimulada desesperación por recordarle a la anciana lo que no sabe que sabe. En ese dilema de rescatarse también a él mismo, como un talento único de maestro, le pregunta desde su torbellino antes de desmoronarse por completo ¿Cómo le ha hecho todo este tiempo, para continuar su ritmo desde las cinco de la mañana, llegar a las tres o cuatro y servir de comer, arreglar su casa…?

La anciana, Inés, clavó de nuevo su mirada al piso. Se quedó en un silencio interminable y su cuerpo después de muchos minutos, al final se erguió. El silencio se apoderó de ambos. Los sollozos y la respiración entrecortada y rocosa de Inés paseaba en los silencios casi infinitos. Los instantes sirvieron al otro para recomponerse, para recibir el último estoconazo de enseñanza de una mujer que si quería podría rosar el cielo por su grandeza si así lo quisiera. Después del prolongado silencio Inés suspira, infla sus pulmones llenos de humo de tabaco y le responde: “He sido fuerte, me he cuidado para ser padre y madre. Solo quiero que usted me ayude a vivir otros dos o tres años más.”

El Centro de Atención Primaria en Adicciones San Juan de los Lagos (CAPA San Juan) nos especializamos en la atención y tratamiento del consumo de sustancias adictivas como el alcohol, tabaco y drogas ilegales, para mejorar la calidad de vida de las familias y las personas. Si conoces a alguien o deseas dejar de fumar, beber o consumir alguna otra droga, te invitamos a que acudas a nuestras instalaciones, estamos en la calle de Rosales #217 en la colonia de Lomas Verdes nuestro teléfono es el 725 69 45, servicios totalmente gratuitos.

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