El Mundo de Ayer por: Prof. J. Rosario Palos de Anda

 

–Como les he comentado, en aquellos años de mi niñez San Juan no contaba con carreteras, como ahora; y la presencia de peregrinos en la ciudad no la había a diario, solo en las fiestas de la feria y la candelaria.

Las tiendas de abarrotes del centro de la ciudad eran grandes y surtidas, claro que no como las tiendas de autoservicio, pero si estaban mejor presentadas que los tendejones de ahora; en ellas hacían sus compras los campesinos, principalmente los domingos que asistían a misa y llevaban su mandado para toda la semana, compraban cosas como petróleo, arroz, las sopas, el azúcar, jabón, y otras menesteres que necesitaban para atender sus necesidades.

El maíz y frijol ellos los producían en sus ranchos y tenían su pequeña troje para guardar dichos productos de la tierra.

También llevaban de las carnicerías lo necesario para completar su régimen alimentario; pero no solo los campesinos hacían dichas compras, sino que también los citadinos, aunque ellos lo podían hacer todos los días y no cada fin de semana como lo hacían los campesinos.

Claro que los campesinos actúan de manera diferente que los de la población, porque son influidos por experiencias y necesidades propias que adquieren del ambiente y por la experiencia que la vida les brinda y les permite desarrollar todas sus potencialidades.

Cuando reflexiono sobre el mundo de ayer y el mundo de hoy, puedo darme cuenta cómo y en qué medida los tiempos cambiaron.

Son ahora otros valores de la vida y algunos, me parece, que no solo cambiaron sino que están violando las leyes universales de la vida.

Cuando niño, las primeras experiencias infantiles me dieron la oportunidad de estructurar los primeros valores morales, religiosos, económicos, políticos y sociales; en la niñez es cuando se desarrollan nuestras sensaciones de seguridad y bienestar, cuando aprendemos a creer y a que nos crean, cuando la satisfacción de nuestros deseos se realiza directamente.

En el hogar aprendemos las normas religiosas, recuerdo que mi madre me llevaba todos los días a misa al Santuario de Nuestra Señora de San Juan, y como vivía en la gran casona del parían viejo que esta frente a dicho Santuario, nada más atravesábamos la calle y ya estábamos en el atrio del Santuario.

También en mi niñez aprendí la diferencia entre el bien y el mal, y algunas otras normas en el orden económico, político y cultural; aunque no haya sido seriamente sobre estos problemas, pues como es de suponer, no tenía la capacidad de razonar, pues cuando somos niños aunque nos fijamos en las cosas no les ponemos mucha atención.

La forma como llegamos a ver las cosas tal vez nos obligará a revalorarlas, así como a nuestro sistema de valores, y es seguro que el examen crítico que hagamos de ellos nos permitirá construir una filosofía personal de la vida, que luego nos ayudará a resolver las incógnitas que aparezcan como resultado de ese análisis; nos obligará a que verifiquemos lo que antes aceptábamos, tal vez sin comprender íntegramente.

Esta filosofía será el modelo que nos permitirá establecer las normas de conducta que determinaran los objetivos, orientarán nuestras relaciones y darán valor a las cosas materiales; claro que nuestra filosofía de la vida es de naturaleza cambiante, y su estabilidad se deriva de la flexibilidad del sistema de valores, cuyas tendencias forzosamente se tendrían que seguir.

SAN JUAN ANTIGUO 034

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